miércoles, 15 de enero de 2014

el libro sin nombre



“Donde yo vivo…”
Decía mi abuela sentada en su sofá.
“Allí abajo, donde yo vivo...”
Me explicaba mientras ignoraba los marcos de fotos.
“¿Cuándo nos iremos a casa?”
Me preguntó.
No fui capaz de decirle
que no podía volver a su casa
p
orque nunca se había marchado de ella.


lunes, 19 de agosto de 2013

Nacida ya para el mareo






Ella que siempre estuvo obsesionada con mi muerte, midiéndola con los dedos, acariciándola los Domingos. En parte porque deseaba que llegara. En parte porque mi muerte era también la suya. Esperaba que un día cualquiera, paseando por la calle  alguien la parara para darle la noticia -Buenos días. ¿Qué tal la mañana? Por cierto, te has enterado de lo que ha pasado? Has muerto.-
Y de esa manera saber, que todo había sido culpa mía. Que en algún trozo de papel o tal vez en los cristales dejé escrito:
“Si sucede, avisadle a ella”.

Porque es ella y solo ella quien respira la ansiedad de los días no vividos, quien puede notar una grieta entre sus dedos y hacer del odio algo a lo que agarrarse. Lo aprendió así. Nacida para el mareo de esos ojos casi negros que arrastran ya su cuarta vida. Porque ella y los simulacros son la misma traición: Te hacen caminar despacio y confiado, hasta que se prenden fuego, se derrumban. Y por más que corras ya no hay forma de escapar.

miércoles, 17 de julio de 2013

Simplifico


Para ti que todo desaparece. 
Que nunca nada ha existido en realidad.
Nunca nada, excepto yo.

Deseaba una muerte sencilla. Como un parpadeo, invisible y suficiente.
Que mi último recuerdo fuera el peso de tu ojo a dos centímetros de mi pupila,
dilatada de claustrofobia.

Y luego nada. Calma.
La nota final de aquella melodía que sigues tarareando des de la ventana.
Nunca sabrás que cantas por los olvidados.
Que un día al salir de casa pensaste -creo que me dejo algo-.

Y ya no supimos si habíamos sido nosotros mismos.
O si fueron otros disfrazados de un Tú y un Mí quienes olvidaron decirse que querrían crecer.
Que habían otras direcciones aunque no las quisiéramos ver.
Y tantas veces grité -lárgate!-, que abrí la puerta para dejarte ir,
y fuiste más mío que nunca.










domingo, 21 de abril de 2013

Color a humedad en el pulmón



Ella… la mayoría del tiempo solo era ella…
Una casa de muñecas y tifón.
Extremidades volando.
Pie donde mano, mano en garganta y garganta sin voz.

Ella… bostezo infinito.
Niña de carretera sin frenos y pies de almidón.
Casa de puertas sin pestillo y ventanas con doble filo de alcohol.
Escaparate en el que postrar sus ojos transparentes.
Ojos que advierten de que en cualquier momento echará a volar.
Y un momento fueron siete años que no ha sido capaz de olvidar.

Ella… como alas sin mariposa.
Como deambulante vendiendo lágrimas en tarros.
Como niña que ya no piensa en ti mientras se viste.
Tan solo se está curando.

Ella era casa y aviones a tu pelo, con su nombre en el reverso del ala menor.
Casa, porque se daba cobijo en rincones donde no tenía lugar.
Y mudaba junto con las cajas, la sonrisa tonta de las mañanas

Y llovizna en las tostadas y carmín en los relojes,
por haber intentado detener el tiempo con un beso.
Intentos, como el salto que casi llegaron a dar.
Ella y mil veces ella esposada a un tablero donde siempre pierde el turno por hacer Sit suan.

Y a veces,
tan solo era el recuerdo de una sonrisa danzando sobre la punta de sus pies.
Y otras, se quitaba los zapatos para entrar en la boca del lobo.

Ella era casa, era el mundo.
También era su país, su ciudad, su barrio, su calle,
Su habitación, la cama, la almohada.
Una de las plumas que rellenaba la almohada.
O incluso el aire que la hacía volar.
Ella... se podía respirar.



lunes, 15 de abril de 2013

No hay manera humana de escapar


Y yo, convencida, de que nunca había sentido algo tan terrible como respirar al fin con normalidad. Sin tropezones ni hachazos a mis cuerdas vocales, sin digerir esa sopa de erizos, que aún fría duró meses sobre la mesa.

Y ahora caigo, como tus silencios a mis preguntas, de un golpe y sin cerrar la puerta. Caigo, porque siempre nunca fue demasiado, y el tiempo se para justo, cuando decides empezar a olvidar.

Con que lentitud corren las pesadillas. Te haces pequeña, en una esquina escondida. Enmudecida de sed, atragantada por las palabras que retroceden en fila india y orgullosas juran no volver al mismo escalón.

-No saldremos de esta- decías al ver mis medias rotas por pies que al caminar hacían sonar una chincheta clavada. La ceguera nunca me sentó tan bien. 

Recuerdo susurrarte que llegaría una noche en la que no amanecería jamás, y que esa sería nuestra para siempre. Tú jugabas a creerme y yo, te creía sin más, porqué en ese momento casi podía ver el fin del mundo en tus ojos.

Me invitaban a quedarme un par de vidas más y yo respondía con el chirrío de mis uñas arañando la salida de emergencias, camuflado por un –sí, me quedo-.

Y no, no pude salir. No supe hacerlo de otra manera, no quise hacerlo de otra manera. Perdón por qué no me acostumbré y nunca lo haré, a la ruleta rusa que eres, al vértigo que me das cuando suspiras mi nombre, descalzo, siempre al borde del abismo, al que estoy segura, debimos haber saltado hace mucho.

Ya no hay lugar para una despedida, tal vez porque nunca lo hubo, y yo lo inventé. Tal vez porque después de conservar el polvo, barrer las migas y soplar las mentiras, después de mirar sin tocar, de no dejar huella, me he dado cuenta de que es por eso que decidí quedarme:

Porque de no haber sido algo increíble, jamás hubiese creído en ello.








jueves, 28 de febrero de 2013

M de Laura


Me. Mi. Me. Conmigo.
Me. Nosotros. Mío.
M, mayúscula de emigrar, de embalsamar el mar.

Mejillas amoratadas por la melancolía, olvidar el margen.
Masticar el mal mayor, merendar el dolor.
Malacostumbrar a la mentira a lamerle las heridas.
Mantener al malabarista, a ese manojo de medias noches.
Manosear tus manías, dormir con ellas, hacerme trizas.
Muerte: Desmenuzar la maraña del crimen, comer de las migas.

Mermar la madurez, sacudirme de pieles de mandarinas, y salir,
A mendigar emociones, a memorizar callejones al amanecer.
Vámonos sombra, cama y problemas. Domingos de mal humor
Y normas memorizadas a base de magulladuras en “dime, dame, tenme y… échame”
Importante entre comillas, como la “M” de millones y millones de naranjas sin mitades, como millones y millones de “ódiame”, que llego tarde.
Tirar millas hacia la puerta, con insomnio en la maleta y un portazo en cada mano.

Y mentís, como la maniobra de no escapar y siempre, siempre amenazar con volver.
Meñiques que oprimen ese “noseque” hasta romper, y la membrana por donde escapa la necesidad de empezar una y otra vez.
Minúsculas que marchan allí y allá, a donde puedan ser diminutas, microscópicas para  clavarse como “emes” en el fondo de tu ser, donde tú y yo nos escondimos por última vez.

1+1= infinito 


domingo, 10 de febrero de 2013

la memoria es una habitación a media luz.




Cariño. Me he vuelto a perder mientras intentaba recordar el camino a casa. Afronté infinitos domingos, fui a contracorriente como no podía ser de otra manera. Pero ya no hay mas… los recuerdos se deshacen y los vacíos me arrinconan preguntándome que va a pasar ahora que he roto mi disfraz. Me meto en los bolsillos todos los momentos que quedaron después del último portazo, y hecho a correr mientras algunos se caen por el camino. Intento esconderte en los rincones donde no llega nadie, en la dulce contradicción como cuando dije –no te quiero- y mis ojos gritaron –mentira, mentira!-
Creo del todo que es culpa mía, por escribir siempre a lápiz sobre la misma hoja y arrastrar tu cadáver. De la estación de tren hasta casa, de ahí a la cama, tropezando con cada escalón que regala una melodía distinta dependiendo del hueso con el que choca. El viento golpea la ventana y entra para bailar entre tus costillas. Los pájaros se posan en ellas, como queriendo ser enjaulados y revolotean eufóricos, -¿creerán que tienes estómago?- Te cubro con la manta como tu hiciste conmigo en el día más frío del mundo, mientras el gato negro nos sigue mirando impasible. Siempre me tuvo manía. La muerte pasa por delante de nosotros, mirándonos a los ojos, señalándonos con el dedo corazón. Y aun estando al lado, nos parece tan lejos… Sé que si pudieras hablar me pedirías que te dejara ir, y aun pareciéndome oír tu voz me aferro a volver, a caminos de ida sin vuelta, a semanas de dobles domingos, a manchar la misma hoja, borrón, tras borrón, tras borrón.